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RAGDOLL

El gato que no sabías que necesitabas, pero que ahora no puedes dejar de imaginarte en tu sofá.

Mira, tú puedes ser muy de perros, muy de gatos callejeros o incluso muy de “en casa no entra un animal más”…
Pero en cuanto conoces a un Ragdoll, se te desmontan todos los argumentos. Porque esta raza no viene con el típico “carácter de gato” que te ignora desde lo alto del armario.
No, no.
El Ragdoll es… otra historia.

Es como un abrazo con patas.

Como un domingo lluvioso y tú con manta y chocolate caliente.
Son gatos grandes, de peluche, pero con corazón.
Y lo mejor es que no son orgullosos. No se ofenden, no se esconden por drama, no te miran con superioridad felina.
Te miran como si fueras su persona favorita del mundo. Porque lo eres.

Muchos son tan listos que dan miedo.

Se te quedan mirando como si estuvieran escribiendo una novela sobre ti.
Y tú ahí, en bata, comiendo galletas.
Algunos parece que están ensayando para un musical secreto, otros intentan abrir el cajón donde guardas el jamón.
Son así.
Te espían con amor y algo de picardía.

Y cuando los coges en brazos…

Ay.
Es como si alguien hubiera derretido un flan de cariño.
Se te quedan blanditos, confiados, se dejan llevar como si fueras su góndola en Venecia.
Por eso se llaman “Ragdoll”, que significa literalmente “muñeco de trapo”.
Pero no uno cualquiera. Uno con bigotes, ronroneo y alma.

Ojo, que no todo es fachada.

Porque no basta con que tenga ojos azules o sea blanco con gris.
Un verdadero Ragdoll tiene pedigree y, sobre todo, tiene carácter Ragdoll: esa mezcla mágica de ternura, calma y sentido del humor felino.

Son gatos que no tienen prisa.

Van creciendo a su ritmo, como el buen vino.
No explotan en belleza hasta los tres o cuatro años.
Pero cuando lo hacen…
Madre mía.
Parece que van al baile de gala cada día. Y tú sólo quieres hacerles fotos todo el tiempo.

Se llevan bien con todo el mundo (más o menos).

Con perros, si no son muy brutos, hacen migas.
Con niños, si son un poco dulces, hacen maravillas.
Con otros gatos, si no son unos bordes, comparten sofá.
Son así: suaves por dentro y por fuera.

Y sí, hablan.

No como un loro, sino como ese amigo que no hace ruido pero siempre tiene algo que decir.
Ronronean con intención.
Dicen más con una mirada que otros con cinco WhatsApps.

En resumen:

El Ragdoll es como esa persona buena que no necesita llamar la atención.
Pero que cuando entra en tu vida, lo cambia todo.
Y ya no sabes cómo era tu casa sin él.

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